La muchacha trajo una gran fuente de sopa de verduras caliente y el vino. Después comimos trucha frita, una especie de guisado y un gran tazón lleno de fresas silvestres.
No perdimos dinero con el vino, y la muchacha era tímida pero amable al traerlo. La anciana se asomó una vez y contó las botellas vacías.
Después de cenar subimos, fumamos y leímos en la cama para entrar en calor.
Una vez, durante la noche, me desperté y oí soplar el viento. Se sentía bien estar abrigado y en la cama.