Marcial tuvo un día grande. Todavía lo estaban aplaudiendo cuando entró el último toro de Romero. Era el toro que había salido a toda carrera y había matado al hombre en el encierro de la mañana.
Durante el primer toro de Romero, su rostro lastimado se había notado mucho. Todo lo que hacía lo evidenciaba. Toda la concentración de la faena, torpemente delicada, con el toro que no veía bien, lo ponía de manifiesto.
La pelea con Cohn no le había afectado el espíritu, pero le habían destrozado la cara y le dolía el cuerpo. Estaba borrando todo eso ahora. Cada cosa que hacía con este toro borraba eso un poco más limpiamente.
Era un buen toro, un toro grande, y con astas, que se volvía y cargaba de nuevo con facilidad y seguridad. Era lo que Romero quería en los toros.
Cuando hubo terminado su faena con la muleta y estuvo listo para matar, el público le obligó a seguir. No querían que mataran al toro todavía, no querían que aquello acabara.
Romero siguió. Era como un curso de tauromaquia. Todos los pases encadenados, todos rematados, todos lentos, templados y suaves. No había trucos ni mistificaciones. No había brusquedad. Y cada pase, al alcanzar su cenit, te producía un repentino dolor en las entrañas. El público no quería que aquello terminase nunca.
El toro estaba cuadrado sobre las cuatro patas para ser estoqueado, y Romero mató justo debajo de nosotros. Mató no como se había visto obligado a hacerlo con el último toro, sino como él quería. Se perfiló directamente frente al toro, sacó la espada de los pliegues de la muleta y apuntó a lo largo de la hoja. El toro lo miró. Romero le habló al toro y golpeó el suelo con uno de sus pies. El toro embistió y Romero