«¿Qué es eso, señora Hudson?». Y ahora se ha metido a trompicones en su habitación, pero le oigo caminar sin parar tal como antes. Espero que no vaya a ponérseme enfermo, señor. Me atreví a decirle algo sobre algún medicamento para calmar los nervios, pero se volvió hacia mí, señor, con una mirada tal que no sé ni cómo pude salir de la habitación.
—No creo que tenga ningún motivo para estar preocupada, señora Hudson —contesté—. Le he visto así antes. Tiene algún pequeño asunto en la cabeza que le hace perder la calma.
Intenté hablar con ligereza ante nuestra digna propietaria, pero yo mismo me sentí algo inquieto cuando, a lo largo de la larga noche, seguí escuchando de vez en vez el sordo sonido de sus pasos, y supe cómo su espíritu agudo se consumía ante esta inacción involuntaria.
A la hora del desayuno tenía un aspecto consumido y demacrado, con una pequeña mancha de color febril en cada una de las mejillas.
—Te estás agotando, viejo —le comenté—. Te oí marchar por ahí durante la noche.
—No, no he podido dormir —respondió—. Este infernal problema me está consumiendo. Es demasiado verse frustrado por un obstáculo tan insignificante, cuando todo lo demás ya se había superado. Conozco a los hombres, la lancha, todo; y sin embargo no consigo ninguna noticia. He puesto a trabajar a otras agencias y he utilizado todos los medios a mi alcance. Se ha registrado todo el río a ambos lados, pero no hay noticias, ni la señora Smith ha tenido noticias de su esposo. Pronto llegaré a la conclusión de que han hundido la embarcación. Pero hay objeciones a eso.
“O que la señora Smith nos ha despistado.”