El episodio del barril
La policía había traído un coche de punto con ellos, y en él acompañé a la señorita Morstan de regreso a su casa. Siguiendo la angélica costumbre de las mujeres, ella había sobrellevado los problemas con el rostro sereno mientras hubo alguien más débil que ella a quien sostener, y yo la había encontrado alegre y apacible junto a la asustada ama de llaves. En el carruaje, sin embargo, primero se desvaneció y luego prorrumpió en un llanto apasionado; tanto la habían puesto a prueba las aventuras de la noche. Me ha contado desde entonces que me encontró frío y distante durante aquel trayecto. Poco se imaginaba la lucha en mi interior, ni el esfuerzo de autocontrol que me frenaba. Mis simpatías y mi amor iban hacia ella, del mismo modo que mi mano lo había hecho en el jardín. Sentí que años de convencionalismos de la vida no habrían podido enseñarme a conocer su dulce y valiente naturaleza como lo había hecho este único día de extrañas experiencias. Sin embargo, había dos pensamientos que sellaban las palabras de afecto en mis labios. Ella era débil e indefensa, con la mente y los nervios alterados. Habría sido aprovecharse de su desventaja importunarla con amor en un momento así. Peor aún, ella era rica. Si las investigaciones de Holmes tenían éxito, sería una heredera. ¿Era justo, era honorable, que un cirujano con media paga se aprovechara de ese modo de una anuencia que el azar había provocado? ¿Acaso no podría verme como un vulgar cazafortunas? No podía soportar el riesgo de que tal pensamiento cruzara su mente. Este tesoro de Agra se interponía como una barrera infranqueable entre nosotros.
Eran casi las dos cuando llegamos a casa de la señora Cecil Forrester. Los criados se habían retirado a dormir hacía horas, pero la señora