La exposición de los hechos
La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y una compostura exterior en sus modales. Era una joven rubia, pequeña, delicada, bien enguantada y vestida con el más perfecto gusto. Había, sin embargo, una sencillez y simplicidad en su atuendo que sugería unos medios limitados. El vestido era de un sombrío tono beige grisáceo, sin adornos ni galones, y llevaba un pequeño turbante del mismo tono apagado, apenas animado por un tinte de pluma blanca en el lateral.
Su rostro no poseía ni regularidad de rasgos ni belleza de tez, pero su expresión era dulce y amable, y sus grandes ojos azules eran singularmente espirituales y comprensivos. En una experiencia con mujeres que se extiende por muchas naciones y tres continentes distintos, jamás he contemplado un rostro que ofreciera una promesa más clara de una naturaleza refinada y sensible.
No pude dejar de observar que, al tomar el asiento que Sherlock Holmes le ofreció, su labio temblaba, su mano se estreme- cía y mostraba todos los signos de una intensa agitación interior.
—He venido a verle, señor Holmes —dijo—, porque usted en una ocasión ayudó a mi empleadora, la señora Cecil Forrester, a resolver un pequeño conflicto doméstico. Le impresionó mucho su amabilidad y su talento.
—La señora Cecil Forrester —repitió pensativo—. Creo que le presté algún pequeño servicio. El caso, sin embargo, según lo recuerdo, era muy sencillo.