Biblia de que jamás levanté la mano contra el señor Sholto. Fue ese pequeño perro del infierno, Tonga, quien le clavó uno de sus malditos dardos. Yo no tuve nada que ver, señor. Me dolió tanto como si hubiera sido un pariente de sangre. Le arreé al diablillo con el cabo suelto de la cuerda por aquello, pero ya estaba hecho, y no podía deshacerlo.
—Fume un cigarro —dijo Holmes—; y haría bien en dar un trago de mi petaca, pues está usted muy mojado. ¿Cómo pudo esperar que un hombre tan pequeño y débil como este negro pudiera dominar al señor Sholto y retenerlo mientras usted subía por la cuerda?
“Parece saber tanto del asunto como si hubiera estado allí, señor. La verdad es que esperaba encontrar la habitación vacía. Conocía bastante bien las costumbres de la casa, y era la hora en que el señor Sholto solía bajar a cenar.
No voy a ocultar nada del asunto. La mejor defensa que puedo hacer es simplemente la verdad. Ahora bien, si se hubiera tratado del viejo mayor, me habría ahorcado por él con el corazón tranquilo. No habría pensado más en acuchillarlo que en fumar este cigarrito. Pero es maldita la gracia que me hace que me detengan por este joven Sholto, con el que no tenía la menor disputa”.
“Está usted bajo la custodia del señor Athelney Jones, de Scotland Yard. Va a llevarle a mis habitaciones, y le pediré un relato verídico del asunto. Debe confesarlo todo, pues si lo hace, espero poder serle útil. Creo que puedo demostrar que el veneno actúa con tanta rapidez que el hombre ya estaba muerto antes de que usted llegara siquiera a la habitación”.
“Vaya si lo era, señor. Jamás me he llevado un susto tan grande en la vida como cuando le vi sonriéndome con la cabeza apoyada en el hombro mientras entraba por la ventana. Me dejó hecho polvo, señor. Habría estado a punto de matar a Tonga por aquello si no hubiera salido