Ahora bien, según la señora Smith, pasaban de las tres cuando consiguieron la barca. Aclaría bastante y habría gente por allí en una hora más o menos. Por lo tanto, deduje, no fueron muy lejos. Le pagaron bien a Smith para que guardara silencio, reservaron su lancha para la huida definitiva y se apresuraron a regresar a su hospedaje con el cofre del tesoro. En un par de noches, cuando tuvieran tiempo de ver qué postura adoptaban los periódicos y si había alguna sospecha, se abrirían paso al amparo de la oscuridad hacia algún barco en Gravesend o en los Downs, donde sin duda ya habrían arreglado los pasajes para América o las Colonias.
“¿Pero la lancha? No habrán podido llevarse eso a sus aposentos”.
—Exacto. Yo argüí que la lancha no debía de estar muy lejos, a pesar de que no se la veía. Me puse entonces en el lugar de Small y lo analicé como lo haría un hombre de su capacidad. Probablemente consideraría que devolver la lancha o mantenerla en un muelle facilitaría la persecución si la policía llegaba a seguirle la pista. ¿Cómo podría, entonces, ocultar la lancha y aun así tenerla a mano cuando la necesitara? Me pregunté qué haría yo mismo si estuviera en su lugar. Solo se me ocurrió una manera de hacerlo. Podría entregar la lancha a algún constructor o reparador de botes, con instrucciones de hacerle un cambio insignificante. Así sería trasladada a su cobertizo o astillero, quedando eficazmente oculta, mientras que al mismo tiempo podría disponer