“El cirujano, el Dr. Somerton, era un joven audace y aficionado a los deportes, y los otros jóvenes oficiales se reunían en sus habitaciones al caer la tarde para jugar a las cartas. La enfermería, donde yo solía preparar mis medicinas, estaba al lado de su sala de estar, con una pequeña ventanilla entre nosotros. A menudo, si me sentía solo, apagaba la lámpara de la enfermería y entonces, de pie allí, podía oír sus conversaciones y ver sus partidas. A mí me gusta echar una mano a las cartas, y mirar a los otros era casi tan bueno como jugar uno mismo. Estaban el mayor Sholto, el capitán Morstan y el teniente Bromley Brown, que mandaban las tropas nativas, y estaban el propio cirujano y dos o tres funcionarios de prisiones, viejos zorros astutos que jugaban una partida fina, taimada y segura. Solían formar un grupo muy bien avenido.
“Bien, hubo una cosa que muy pronto me llamó la atención, y fue que los soldados solían perder siempre y los civiles ganar. Ojo, no digo que hubiera nada deshonesto, pero así era.