—Por el contrario —contestó—, se aclara a cada instante. Solo me faltan unos pocos eslabones perdidos para tener un caso completamente conectado.
Casi habíamos olvidado la presencia de nuestro compañero desde que entramos en la estancia. Todavía seguía de pie en el umbral, la viva imagen del terror, retorciéndose las manos y gimiendo para sus adentros. De repente, sin embargo, prorrumpió en un grito agudo y quejumbroso.
—¡El tesoro ha desaparecido! —dijo—. ¡Le han robado el tesoro! Ahí está el agujero por el que lo bajamos. ¡Le ayudé a hacerlo! ¡Fui la última persona que lo vio! Lo dejé aquí anoche y lo oí echar la llave cuando bajaba las escaleras.
—¿A qué hora fue eso?
—Eran las diez. Y ahora está muerto, y se llamará a la policía, y se sospechará que he tenido algo que ver en ello. Oh, sí, estoy seguro de que así será. Pero ustedes no lo creen, ¿verdad, caballeros? Seguro que no piensan que fui yo. ¿Es probable que los hubiera traído aquí si hubiera sido yo? ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Sé que voy a enloquecer!
Sacudió los brazos y zapateó en una especie de frenesí convulsivo.
—No tiene ningún motivo para temer, Mr. Sholto —dijo Holmes amablemente, poniendo una mano sobre su hombro—. Siga mi consejo y váyase en coche hasta la estación para denunciar este asunto a la policía. Ofrézcase a ayudarles en todo lo posible. Nosotros esperaremos aquí hasta su regreso.
El hombrecito obedeció de manera medio aturdida, y le oímos tropezar escaleras abajo en la oscuridad.