El gran tesoro de Agra
Nuestro cautivo estaba sentado en el camarote frente a la caja de hierro que tanto le había costado conseguir y por la que tanto había esperado.
Era un tipo bronceado y de mirada temerosa, con una red de líneas y arrugas por toda su fisonomía de coloroba, que delataba una vida dura al aire libre. Había una protuberancia singular en su barbilla barbuda que señalaba a un hombre al que no era fácil apartar de su propósito.
Su edad rondaría los cincuenta años, pues su cabello negro y rizado estaba salpicado de espesas canas. Su rostro en reposo no era desagradable, aunque sus pobladas cejas y su barbilla agresiva le daban, como había visto hacía poco, una expresión terrible cuando se dejaba llevar por la ira.
Estaba sentado ahora con las manos encadenadas sobre el regazo y la cabeza hundida en el pecho, mientras miraba con sus ojos agudos y chispeantes la caja que había sido la causa de sus fechorías. Me pareció que había más tristeza que ira en su semblante rígido y contenido.
Una vez me miró con un destello parecido al humor en los ojos.
—Bueno, Jonathan Small —dijo Holmes, encendiendo un cigarro—, siento que hayamos llegado a esto.
—Y yo también, señor —respondió con franqueza—. No creo que pueda librarme de la soga por este asunto. Le doy mi palabra sobre la