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nydus/The Sign of the FourPublic
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V. La tragedia de Pondicherry Lodge

Dos veces durante el ascenso, Holmes sacó la lente del bolsillo y examinó con atención unas marcas que a mí me parecieron meras manchas informes de polvo sobre el esteras de fibra de coco que servían de alfombra en la escalera. Caminaba lentamente de peldaño en peldaño, sosteniendo el quinqué y lanzando agudas miradas a derecha e izquierda. La señorita Morstan se había quedado atrás con la asustada ama de llaves.

El tercer tramo de escalera terminaba en un pasillo recto de cierta longitud, con un gran cuadro de tapicería india a la derecha y tres puertas a la izquierda.

Holmes avanzó por él del mismo modo lento y metódico, mientras nosotros nos manteníamos muy cerca de sus talones, con nuestras largas sombras negras proyectándose hacia atrás por el corredor. La tercera puerta era la que buscábamos.

Holmes llamó sin recibir respuesta y luego intentó girar el picaporte y forzarla para abrirla. Sin embargo, estaba echada por dentro y con un cerrojo ancho y fuerte, como pudimos ver cuando acercamos nuestra lámpara. Como la llave estaba pasada, sin embargo, el agujero no estaba completamente tapado. Sherlock Holmes se inclinó hacia él y se incorporó al instante con una aguda aspiración de aliento.

—Hay algo diabólico en esto, Watson —dijo, más conmovido de lo que jamás le había visto antes—. ¿Qué sacas en claro?

Me agaché hacia el agujero y retrocedí horrorizado. La luz de la luna entraba a raudales en la estancia, que brillaba con un resplandor vago e inestable. Mirándome fijamente y suspendida, por decirlo así, en el aire, ya que todo lo que había debajo estaba en penumbra, pendía una cara: la mismísima cara de nuestro compañero Thaddeus. Estaba la misma cabeza alta y reluciente, el mismo cerco erizado de pelo rojo, el mismo

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