Había abierto la boca para responder a aquella perorata, cuando, con un seco golpe en la puerta, nuestra landlady entró portando una tarjeta sobre la bandeja de plata.
—Una joven para usted, señor —dijo, dirigiéndose a mi compañero.
—Señorita Mary Morstan —leyó—. ¡Vaya! No recuerdo ese nombre. Haga subir a la señorita, señora Hudson. No se vaya, doctor. Preferiría que se quedara.