trajo su propia cuerda. Eso no lo sabía. A propósito, yo tenía la esperanza de que Tonga hubiera perdido todos sus dardos; sin embargo, se las arregló para dispararnos uno en el bote.
—Los había perdido a todos, señor, excepto al que llevaba en la cerbatana en ese momento.
—Ah, por supuesto —dijo Holmes—. No había pensado en eso.
—¿Hay algún otro punto sobre el que le gustaría preguntar? —preguntó el convicto, afablemente.
—Creo que no, gracias —respondió mi compañero.
—Bien, Holmes —dijo Athelney Jones—, es usted un hombre al que hay que seguirle la corriente, y todos sabemos que es un conocedor del crimen, pero el deber es el deber, y he ido bastante lejos al hacer lo que usted y su amigo me pidieron. Me sentiré más tranquilo cuando tengamos a nuestro narrador aquí sano y salvo bajo llave. El coche de punto aún espera, y hay dos inspectores abajo. Les estoy muy agradecido a ambos por su ayuda. Por supuesto, se requerirá su presencia en el juicio. Buenas noches.