Estos tipos de la prisión no habían hecho otra cosa que jugar a las cartas desde que estaban en las Andamán, y se conocían el juego al dedillo, mientras que los otros solo jugaban para pasar el tiempo y tiraban las cartas de cualquier manera. Noche tras noche los soldados se levantaban más pobres, y cuanto más pobres se volvían, con más ganas querían jugar. El mayor Sholto fue el más perjudicado. Al principio solía pagar con billetes y oro, pero pronto pasó a pagar con I.O.U. [pagarés] y por grandes sumas. A veces ganaba durante unas pocas manos, solo para darle ánimo, y luego la suerte se volvía en su contra peor que nunca. Se pasaba el día deambulando con cara de pocos amigos, y le dio por beber mucho más de lo que le convenía.
“Una noche perdió aún más dinero que de costumbre. Yo estaba sentado en mi choza cuando él y el capitán Morstan llegaron tropezando de camino a sus aposentos. Eran íntimos amigos, aquellos dos, y nunca se separaban. El comandante deliraba a gritos por sus pérdidas.