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nydus/The Sign of the FourPublic
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XI. El gran tesoro de Agra

huyendo trepando. Así fue como vino a dejar su cerbatana, y algunos de sus dardos también, según me cuenta, lo cual me atrevo a decir que ayudó a ponerles sobre nuestra pista; aunque cómo lograron seguirla es más de lo que alcanzo a comprender. No le guardo ningún rencor por ello. Pero sí parece cosa extraña —añadió con una sonrisa amarga— que yo, que tengo legítimo derecho a cerca de medio millón de libras, deba pasar la primera mitad de mi vida construyendo un rompeolas en las Andamandas, y esté a punto de pasar la otra mitad cavando zanjas en Dartmoor. Fue un día funesto para mí aquel en que puse los ojos por primera vez en el mercader Achmet y tuve que ver con el tesoro de Agra, que nunca ha traído más que una maldición al hombre que lo poseía. A él le trajo la muerte, al mayor Sholto le trajo miedo y culpa, para mí ha significado esclavitud de por vida”.

En ese momento, Athelney Jones asomó su ancho rostro y sus pesados hombros por la pequeña cabina.

—Vaya reunión familiar —comentó—. Creo que voy a darle un trago a esa petaca, Holmes. Bueno, creo que todos podemos felicitarnos mutuamente. Es una pena que no hayamos cogido al otro con vida, pero no había otra opción. Oiga, Holmes, tengo que confesar que estuvo a punto de fallar. Menos mal que pudimos alcanzarla a tiempo.

—Bien está lo que bien acaba —dijo Holmes—. Pero desde luego no sabía que el Aurora fuera un velero tan rápido.

«Smith dice que es una de las embarcaciones más rápidas del río, y que si hubiera tenido a otro hombre para que le ayudara con los motores, jamás la habríamos alcanzado. Jura que no sabía nada de este asunto de Norwood».

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