la memoria, o habría podido preverlo. Aquí no hay nada más que aprender.
—¿Cuál es su teoría, entonces, en cuanto a esas huellas? —pregunté, con impaciencia, una vez que hubimos regresado a la planta baja.
—Mi querido Watson, pruebe un poco de análisis usted mismo —dijo, con un toque de impaciencia.
«Usted conoce mis métodos. Aplíquelos, y resultará instructivo comparar los resultados».
—No logro concebir nada que abarque los hechos —respondí.
—Pronto le quedará bastante claro a usted —dijo con despreocupación—. Creo que no hay nada más de importancia por aquí, pero voy a mirar.
Sacó raudo su lupa y una cinta métrica, y se apresuró por la habitación de rodillas, midiendo, comparando, examinando, con su larga y fina nariz a apenas unas pulgadas de los tablones, y sus ojos brillantes y hundidos como los de un pájaro.
Tan rápidos, silenciosos y furtivos eran sus movimientos, semejantes a los de un sabueso adiestrado que rastrea un olor, que no pude menos que pensar en qué terrible criminal se habría convertido de haber volcado su energía y su sagacidad en contra de la ley, en lugar de emplearlas en su defensa.
Mientras rebuscaba por allí, iba mascullando para sus adentros, y al fin prorrumpió en un sonoro grito de júbilo.
—Ciertamente estamos de suerte —dijo—. No deberíamos tener casi ningún problema ahora. El número uno ha tenido la desgracia de pisar la creosota. Aquí, a un lado de esta sustancia de mal olor, se puede ver la