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nydus/The Sign of the FourPublic
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El fin del isleño

El fin del isleño

Nuestra comida fue muy alegre. Holmes sabía conversar extraordinariamente bien cuando le placía, y aquella noche le plació. Parecía encontrarse en un estado de exaltación nerviosa. Jamás lo había conocido tan brillante. Habló sobre una rápida sucesión de temas: de autos sacramentales, de cerámica medieval, de violines Stradivarius, del budismo de Ceilán y de los buques de guerra del porvenir, tratando cada uno como si hubiese hecho de él un estudio especial. Su luminoso humor marcaba la reacción frente a su negra depresión de los días precedentes. Athelney Jones demostró ser un alma sociable en sus horas de descanso, y afrontó su cena con aires de bon vivant. Por mi parte, me sentía eufórico ante la idea de que nos acercábamos al final de nuestra tarea, y contagiado de algo de la alegría de Holmes. Ninguno de nosotros aludió durante la cena al motivo que nos había reunido.

Cuando se retiró el mantel, Holmes consultó su reloj y llenó tres copas con Oporto.

«Un brindis —dijo— por el éxito de nuestra pequeña expedición. Y ahora ya es hora de que nos pongamos en marcha. ¿Lleva pistola, Watson?»

“Tengo mi viejo revólver de reglamento en el escritorio”.

—Más te vale llevarlo, entonces. Es bueno estar preparado. Veo que el coche está en la puerta. Lo pedí para las seis y media.

Eran poco más de las siete cuando llegamos al embarcadero de Westminster y encontramos nuestra lancha esperando. Holmes la

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