Noche tras noche todo el cielo se iluminaba con los bungalós en llamas, y día tras día veíamos pequeños grupos de europeos que pasaban por nuestra finca con sus mujeres y niños, en camino a Agra, donde estaban las tropas más cercanas.
Mr. Abelwhite era un hombre obstinado. Se le había metido en la cabeza que el asunto se había exagerado y que pasaría tan repentinamente como había surgido.
Allí se sentaba en su porche, bebiendo whiskey-pegs y fumando puros, mientras el país era un hervidero a su alrededor.
Por supuesto, nos mantuvimos fieles a él, Dawson y yo, quienes, junto con su esposa, solíamos encargarnos de la contabilidad y la administración.
Pues bien, un buen día se produjo el desastre. Yo había estado en una plantación lejana, y volvía lentamente a caballo al atardecer, cuando mi vista tropezó con algo acurrucado en el fondo de un barranco empinado.
Bajé al trote para ver qué era, y el frío me atravesó el corazón al descubrir que era la esposa de Dawson, hecha jirones y medio devorada por los chacales y los perros salvajes.
Un poco más arriba en el camino, el propio Dawson yacía boca abajo, completamente muerto, con un revólver vacío en la mano y cuatro cipayos tirados unos sobre otros frente a él.
Detuve mi caballo preguntándome hacia dónde debía girar, pero en ese momento vi una espesa columna de humo que ascendía del bungaló de Abelwhite y las llamas empezando a romper por el tejado. Supe entonces que de nada podía servirle a mi patrón, y que solo desperdiciaría mi propia vida si intervenía en el asunto. Desde donde estaba podía ver a cientos de los demonios negros, con sus casacas rojas aún puestas, bailando y aullando alrededor de la casa en