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nydus/The Sign of the FourPublic
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El fin del isleño

Nos fuimos acercando cada vez más. Jones les gritó que se detuvieran. No estábamos a más de cuatro esloras de distancia de ellos, y ambas embarcaciones avanzaban a un ritmo tremendo.

Era un tramo despejado del río, con Barking Level a un lado y las melancólicas marismas de Plumstead al otro. Ante nuestra llamada, el hombre de la popa se levantó de la cubierta y nos agitó los dos puños cerrados, mientras maldecía con voz aguda y cascada.

Era un hombre corpulento y vigoroso, y al verlo erguido, equilibrándose con las piernas abiertas, pude advertir que, desde el muslo hacia abajo, en el lado derecho solo tenía un palo de madera.

Al sonido de sus gritos estridentes e irritados hubo un movimiento en el bulto acurrucado sobre la cubierta. Se enderezó hasta convertirse en un hombrecito negro —el más pequeño que he visto jamás—, de cabeza grande y deforme y una mata de cabello enmarañado y desgreñado. Holmes ya había sacado su revólver, y yo desenvainé el mío al ver a esta criatura salvaje y deformada. Iba envuelto en una especie de gabán oscuro o manta, que solo dejaba al descubierto su rostro; pero ese rostro era suficiente para quitarle el sueño a cualquiera. Jamás he visto unas facciones tan profundamente marcadas por toda la bestialidad y la crueldad. Sus pequeños ojos brillaban y ardían con una luz sombría, y sus gruesos labios se retorcían hacia atrás dejando al descubierto sus dientes, que nos enseñaban una mueca y castañeteaban con una furia semianimal.

“Dispare si levanta la mano”, dijo Holmes con tranquilidad.

En ese momento nos hallábamos a la distancia de un bote y casi al alcance de nuestra presa. Todavía puedo verlos a los dos tal como estaban entonces, al hombre blanco con las piernas muy separadas, lanzando maldiciones a gritos, y al enano infame con su rostro espantoso y sus fuertes dientes amarillos rechinando hacia nosotros a la luz de nuestro farol.

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