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nydus/The Sign of the FourPublic
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El fin del isleño

La borrosa silueta que teníamos delante se perfiló ahora con bastante claridad y resultó ser la elegante Aurora. Jones dirigió nuestro foco hacia ella, de modo que pudimos distinguir claramente las figuras en su cubierta. Un hombre estaba sentado en la popa, con algo negro entre las rodillas sobre lo cual se inclinaba. A su lado yacía una masa oscura que parecía un perro Terranova. El muchacho llevaba la caña del timón, mientras que contra el fulgor rojo de la caldera podía ver al viejo Smith, con el torso desnudo y paleando carbón como si le fuera la vida en ello. Al principio quizá tuvieran alguna duda sobre si realmente los estábamos persiguiendo, pero ahora, a medida que seguíamos cada recodo y giro que daban, ya no cabía la menor duda al respecto.

En Greenwich íbamos a unas trescientas paces de ellos. En Blackwall no podíamos estar a más de doscientos cincuenta.

He perseguido a muchas criaturas en muchos países durante mi agitada vida, pero jamás la caza me había proporcionado una emoción tan frenética y salvaje como esta alocada y vertiginosa persecución de hombres río abajo por el Támesis.

Fuimos acercándonos a ellos sin pausa, yarda a yarda. En el silencio de la noche podíamos oír el jadeo y el chirrido metálico de su maquinaria. El hombre de la popa seguía agachado sobre la cubierta, y sus brazos se movían como si estuviera ocupado en algo, mientras de vez en vez levantaba la vista para calcular con una mirada la distancia que aún nos separaba.

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