que amotinarse para conseguir suficiente comida. Sí, se gastaron doscientos sesenta mil dólares en fuegos artificiales, funciones de teatro y juergas, en un momento en que hombres, mujeres y niños a lo largo y ancho del país morían de hambre en las calles; cuando miles de desempleados estaban dispuestos a vender su fuerza de trabajo a cualquier precio.
¡Doscientos sesenta mil dólares! ¿Qué no se habría podido lograr con una suma tan enorme? Pero en lugar de pan y refugio, los niños de esas ciudades fueron llevados a ver la flota, para que permanezca, como dijo uno de los periódicos, «un recuerdo duradero para el niño».
Una cosa maravillosa para recordar, ¿no es así? Los instrumentos de la matanza civilizada. Si la mente del niño ha de envenenarse con tales recuerdos, ¿qué esperanza hay para una verdadera realización de la hermandad humana?
Nosotros los estadounidenses afirmamos ser un pueblo amante de la paz. Odiamos el derramamiento de sangre; nos oponemos a la violencia. Sin embargo, entramos en espasmos de júbilo ante la posibilidad de lanzar bombas de dinamita desde máquinas voladoras sobre ciudadanos indefensos.
Estamos dispuestos a colgar, electrocutar o linchar a cualquiera que, por necesidad económica, arriesgue su propia vida en un atentado contra la de algún magnate industrial. Sin embargo, nuestros corazones se hinchan de orgullo ante el pensamiento de que Estados Unidos se está convirtiendo en la nación más poderosa de la tierra y que, a la postre, plantará su bota de hierro sobre los cuellos de todas las demás naciones.
Tal es la lógica del patriotismo.
Considerando los malvados resultados de los que el patriotismo está plagado para el hombre común, no es nada en comparación con el