En vano Helmer esgrime los viejos argumentos filisteos del deber conyugal y las obligaciones sociales. Nora ha dejado atrás su vestido de muñeca para alcanzar la estatura plena de la feminidad consciente. Está decidida a pensar y juzgar por sí misma. Se ha dado cuenta de que, ante todo, es un ser humano, cuyo primer deber es consigo misma. No se amedrenta ni siquiera ante la posibilidad del ostracismo social. Se ha vuelto escéptica respecto a la justicia de la ley y a la sabiduría de los poderes constituídos. Su alma rebelde se alza en protesta contra lo establecido. En sus propias palabras:
"Debo formarme un criterio sobre quién tiene razón, la sociedad o yo."
En su infantil fe en su marido, ella había esperado el gran milagro. Pero no fue la esperanza defraudada lo que abrió sus ojos a las falsedades del matrimonio. Fue más bien la gazmoña autocomplacencia de Helmer con una mentira segura —una que permanecería oculta y no pondría en peligro su posición social—.
Cuando Nora cerró tras de sí la puerta de su jaula dorada y salió al mundo convertida en una personalidad nueva y regenerada, abrió las puertas de la libertad y de la verdad para su propio sexo y para la raza venidera.
Más que ninguna otra obra, ESPECTROS ha actuado como la explosión de una bomba, sacudiendo la estructura social hasta sus cimientos mismos.
En CASA DE MUÑECAS la justificación de la unión entre Nora y Helmer se basaba al menos en la concepción que el marido tenía de la integridad y su rígida adherencia a nuestra moralidad social. En efecto, él era el marido ideal convencional y el padre devoto. No ocurre lo mismo en ESPECTROS. La señora Alving se casó con el capitán Alving solo para descubrir que este era un despojo físico y mental,