El joven, que en su primer encuentro se sintió intimidado por la sabiduría de su amiga emancipada, aprende gradualmente a comprenderla y un buen día reconoce que la ama.
Son jóvenes, y ella es amable y hermosa, y aunque siempre viste con atuendo riguroso, su apariencia se suaviza con un cuello y unos puños blancos impecablemente limpios.
Uno esperaría que él le confesara su amor, pero no es de los que cometen absurdos románticos. La poesía y el entusiasmo del amor cubren sus rostros sonrojados ante la pura belleza de la dama.
Él silencia la voz de su naturaleza y se mantiene correcto. Ella también es siempre exacta, siempre racional, siempre bien portada. Temo que, de haberse unido, el joven habría corrido el riesgo de morir congelado.
Debo confesar que no logro ver nada hermoso en esta nueva belleza, que es tan fría como los muros y suelos de piedra con los que sueña. Antes preferiría las canciones de amor de las eras románticas, antes a Don Juan y a la señora Venus, antes una fuga en una noche de luna con escalera y cuerda, seguida por la maldición del padre, los lamentos de la madre y los comentarios morales de los vecinos, que la rectitud y el decoro medidos con varas. Si el amor no sabe dar y recibir sin restricciones, no es amor, sino una transacción que nunca deja de recalcar un más y un menos.
El mayor defecto de la emancipación de nuestros días radica en su rigidez artificial y en sus estrechas respetabilidades, que producen en el alma de la mujer un vacío que no la deja beber de la fuente de la vida.