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El tráfico de mujeres

Al menos el cincuenta por ciento de los hombres casados son clientes de burdeles. Es a través de este elemento virtuoso que las mujeres casadas —y hasta los niños— se contagian de enfermedades venéreas. Sin embargo, la sociedad no tiene una sola palabra de condena para el hombre, mientras que ninguna ley resulta demasiado monstruosa como para no ponerla en marcha contra la indefensa víctima. No solo es presa de quienes la utilizan, sino que también está absolutamente a merced de cada policía y miserable detective de patrulla, de los funcionarios de la comisaría y de las autoridades de cada prisión.

En un libro reciente escrito por una mujer que fue durante doce años la madama de una «casa», se encuentran las siguientes cifras:

«Las autoridades me obligaban a pagar cada mes multas de entre $14.70 y $29.70; las muchachas pagaban a la policía entre $5.70 y $9.70».

Teniendo en cuenta que la escritora ejercía su negocio en una ciudad pequeña, y que las cantidades que proporciona no incluyen sobornos y multas adicionales, se puede ver fácilmente los ingentes ingresos que el departamento de policía obtiene del dinero sangriento de sus víctimas, a quienes ni siquiera protegerá.

¡Ay de aquellas que se negaban a pagar su tributo!; eran acorraladas como ganado, «tan solo para causar una impresión favorable en los buenos ciudadanos de la ciudad, o si los poderes necesitaban dinero extra por cuenta propia. Para la mente deformada que cree que una mujer caída es incapaz de emoción humana, le sería imposible comprender el dolor, la desgracia, las lágrimas, el orgullo herido que sentíamos cada vez que nos detenían».

Extraño, ¿verdad?, que una mujer que ha mantenido una «casa» pueda llegar a sentirse así? Pero más extraño aún que un buen mundo cristiano desangre y desplume a tales mujeres, y no les dé nada a cambio, excepto oprobio y persecución. ¡Oh, la caridad de un mundo cristiano!

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