Angiolillo pronto se familiarizó con los detallados relatos de la prensa. Leyó sobre la gran ola de simpatía humana hacia las indefensas víctimas de Montjuic. En Trafalgar Square vio con sus propios ojos los resultados de aquellas atrocidades, cuando los pocos españoles que habían escapado de las garras de Castillo llegaron a buscar asilo a Inglaterra. Allí, en la gran concentración, aquellos hombres se abrieron las camisas y mostraron las horribles cicatrices de carne quemada. Angiolillo lo vio, y el efecto superó a mil teorías; el impulso fue más allá de las palabras, más allá de los argumentos, más allá de sí mismo incluso.
El señor Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros de España, veraneaba en Santa Agueda. Como de costumbre en tales casos, se mantuvo a todos los extraños alejados de su excelsa presencia. Se hizo una excepción, sin embargo, con un italiano de aspecto