perfecto, cuenta con seguidores que en teoría defienden las ideas más radicales, pero que, sin embargo, en su práctica cotidiana, son como el filisteo promedio, fingiendo respetabilidad y clamando por la buena opinión de sus oponentes. Hay, por ejemplo, socialistas, e incluso anarquistas, que defienden la idea de que la propiedad es un robo, pero que se indignarán si alguien les debe el valor de media docena de alfileres.
Ese mismo filisteo puede encontrarse en el movimiento por la emancipación de la mujer. Periodistas amarillistas y literatos de agua de borrajas han pintado imágenes de la mujer emancipada que hacen que los cabellos del buen ciudadano y de su aburrida compañera se pongan de punta. Cada miembro del movimiento por los derechos de la mujer era retratado como una George Sand en su desprecio absoluto por la moralidad. Nada le era sagrado. No tenía respeto por la relación ideal entre el hombre y la mujer. En resumen, la emancipación representaba únicamente una vida temeraria de lujuria y pecado; sin importarle la sociedad, la religión ni la moral.
Los defensores de los derechos de la mujer estaban sumamente indignados ante tal representación y, carentes de humor, desplegaron toda su energía para demostrar que no eran en absoluto tan malas como las pintaban, sino todo lo contrario.
Por supuesto, mientras la mujer fuera esclava del hombre, no podía ser buena ni pura, pero ahora que era libre y independiente demostraría lo buena que podía llegar a ser y que su influencia tendría un efecto purificador en todas las instituciones de la sociedad.
Es verdad que el movimiento por los derechos de la mujer ha roto muchos viejos grilletes, pero también ha forjado otros nuevos. El gran movimiento de la VERDADERA emancipación no se ha encontrado con una gran estirpe de mujeres capaces de mirar a la libertad cara a cara.