Con todas nuestras cacareadas reformas, nuestros grandes cambios sociales y nuestros profundos descubrimientos, los seres humanos siguen siendo enviados a los peores infiernos, donde son ultrajados, degradados y torturados, para que la sociedad pueda ser «protegida» de los fantasmas de su propia creación.
¿La prisión, una protección social? ¿Qué mente monstruosa concebió jamás semejante idea? Tanto valdría decir que la salud puede fomentarse mediante un contagio generalizado.
Después de dieciocho meses de horror en una prisión inglesa, Oscar Wilde le regaló al mundo su gran obra maestra, LA BALADA DE LA CÁRCEL DE READING:
Las peores acciones, cual hierbas venenosas,
Florecen bien en el aire de la prisión;
Es solo lo que hay de bueno en el Hombre
Lo que allí se desgasta y se marchita.
La pálida Angustia vigila la pesada puerta,
Y el Alcaide es la Desesperación.
La sociedad sigue perpetuando este aire venenoso, sin darse cuenta de que de él no pueden surgir sino los más venenosos resultados.
Gastamos en la actualidad $3.500.000 por día, $1.000.095.000 por año, en mantener instituciones penitenciarias, y eso en un país democrático; una suma casi tan grande como la producción combinada de trigo, tasada en $750.000.000, y la producción de carbón, tasada en $350.000.000. El profesor Bushnell, de Washington, D. C., calcula el costo de las prisiones en $6.000.000.000 anuales, y el doctor G. Frank Lydston, un