a todos los asuntos del sexo, y cuando finalmente la jovencita cae víctima de su propia ignorancia, esa misma madre ve a su hija morir a manos de medicamentos de curanderos. La inscripción en su tumba afirma que murió de anemia, y la moralidad queda satisfecha.
La fatalidad de nuestra hipocresía puritana en estos asuntos queda especialmente ilustrada por Wedekind, en la medida en que nuestros niños más prometedores son víctimas de la ignorancia sexual y de la absoluta falta de aprecio, por parte de los maestros, del despertar del niño.
Wendla, inusualmente desarrollada y avispada para su edad, le suplica a su madre que le explique el misterio de la vida:
"Tengo una hermana que lleva casada dos años y medio. Yo misma he sido tía por tercera vez, y no tengo la menor idea de cómo ocurre todo eso... ¡No te enojes, querida mamá! ¿A quién en el mundo se lo voy a preguntar sino a ti? No me regañes por preguntar sobre esto. Dame una respuesta.—¿Cómo sucede?— No puedes creer realmente que yo, que tengo catorce años, todavía crea en la cigüeña".
Si su propia madre no hubiera sido víctima de falsas nociones de moralidad, una explicación afectuosa y sensata podría haber salvado a su hija.
Pero la madre convencional busca ocultar su vergüenza y desconcierto «morales» en esta respuesta evasiva:
—Para tener un hijo, hay que amar al hombre con el que una está casada... Hay que amarlo, Wendla, como tú a tu edad todavía no eres capaz de amar. ¡Ahora ya lo sabes!
Cuánto sabía Wendla lo comprendió la madre demasiado tarde. La muchacha embarazada se imagina enferma de hidropesía. Y cuando su