"El gobierno, ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que se esfuerza por transmitirse intacta a la posteridad, pero que en cada caso pierde su integridad?; no tiene la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo. La ley jamás ha vuelto a los hombres ni un ápice más justos; y a causa del respeto que le tienen, incluso los bien intencionados se convierten a diario en agentes de la
Ciertamente, la nota tónica del gobierno es la injusticia. Con la arrogancia y la autosuficiencia del rey que no podía equivocarse, los gobiernos ordenan, juzgan, condenan y castigan las ofensas más insignificantes, al tiempo que se sustentan mediante la mayor de todas las ofensas, la aniquilación de la libertad individual. Así, Ouida tiene razón cuando sostiene que «el Estado solo aspira a inculcar en su público aquellas cualidades mediante las cuales sus demandas son obedecidas y su erario se llena. Su máximo logro es la reducción de la humanidad a la maquinaria de un reloj. En su atmósfera, todas aquellas libertades más finas y delicadas, que requieren un trato delicado y una amplia expansión, inevitablemente se marchitan y perecen. El Estado exige una máquina de pagar impuestos que no sufra ningún tropiezo, un erario en el que nunca haya déficit y un público monótono, obediente, incoloro, desprovisto de espíritu, que avanza humildemente como un rebaño de ovejas por un camino recto y elevado entre dos muros».
Sin embargo, aun un rebaño de ovejas resistiría las artimañas del Estado, de no ser por los métodos corruptores, tiránicos y opresivos que este emplea para servir a sus fines. Por lo tanto, Bakunin repudia al Estado como sinónimo de la rendición de la libertad del individuo o de las pequeñas minorías —la destrucción de la relación social, la merma, o incluso la negación completa de la vida misma, en pro de su propio engrandecimiento.