¿Qué otro medio podría expresar, con semejante fuerza dramática, la responsabilidad de la Iglesia por los crímenes cometidos por sus víctimas engañadas; qué otro medio podría, en consecuencia, despertar la indignación de la conciencia humana?
Igualmente directa y poderosa es la requisitoria contenida en LOS BAJOS FONDOS de Gorki. Los parias sociales, empujados a la miseria y al crimen, se aferran sin embargo desesperadamente a los últimos vestigios de esperanza y aspiración. Existencias perdidas estas, marchitadas y aplastadas por un entorno cruel e insociable.
Francia, por otra parte, con su continua lucha por la libertad, es en verdad la cuna del pensamiento radical; como tal, ella tampoco necesitaba del drama como medio de despertar. Y, sin embargo, las obras de Brieux —como LA TARIFA, que retrata la terrible corrupción del poder judicial— y LOS NEGOCIOS SON LOS NEGOCIOS de Mirbeau —que ilustra la influencia destructiva de la riqueza en el alma humana— han llegado indudablemente a círculos más amplios que la mayoría de los artículos y libros que se han escrito en Francia sobre la cuestión social.
En países como Alemania, Escandinavia, Inglaterra y aún en América —aunque en menor grado— el drama es el vehículo que verdaderamente está haciendo historia, diseminando el pensamiento radical en clases sociales a las que de otro modo no se llegaría.
Tomemos a Alemania, por ejemplo. Durante casi un cuarto de siglo, hombres de talento, de ideas y de la mayor integridad hicieron de la difusión de la verdad de la hermandad humana y de la justicia entre los oprimidos y desfavorecidos la obra de sus vidas. El socialismo, esa tremenda ola revolucionaria, fue para las víctimas de un sistema despiadado e inhumano como el agua para los labios resecos del viajero del desierto. ¡Ay! La gente culta permaneció absolutamente indiferente; para ellos, esa marea revolucionaria no era más que el murmullo de