Revolución Francesa. Los grandes acontecimientos suelen estar precedidos por cosas aparentemente pequeñas. Así, la elocuencia y el fuego de Camille Desmoulins fueron como la trompeta ante Jericó, que redujo a escombros ese emblema de tortura, de abuso, de horror: la Bastilla.
Siempre, en todos los períodos, unos pocos han sido los abanderados de una gran idea, de un esfuerzo liberador. No así la masa, cuyo peso de plomo no la deja avanzar.
La verdad de esto se confirma en Rusia con mayor fuerza que en ninguna otra parte. Miles de vidas ya han sido consumidas por ese sangriento régimen, y sin embargo, el monstruo en el trono no se sacia.
¿Cómo es posible tal cosa cuando las ideas, la cultura, la literatura, cuando las emociones más profundas y nobles gimen bajo el yugo de hierro? La mayoría, esa masa compacta, inmóvil y adormecida, el campesino ruso, después de un siglo de lucha, de sacrificio, de indescriptible miseria, todavía cree que la cuerda que estrangula a «el hombre de las manos blancas»1 trae buena suerte.
En la lucha estadounidense por la libertad, la mayoría no fue un obstáculo menor. Hasta el día de hoy, las ideas de Jefferson, de Patrick Henry, de Thomas Paine, son negadas y vendidas por su posteridad. Las masas no quieren saber nada de ellas. La grandeza y el valor venerados en Lincoln han sido olvidados en los hombres que crearon el trasfondo para el panorama de aquella época. Los verdaderos santos patronos de los hombres de raza negra estuvieron representados en ese puñado de luchadores en Boston: Lloyd Garrison, Wendell Phillips, Thoreau, Margaret Fuller y Theodore Parker, cuyo gran valor y firmeza culminaron en ese gigante sombrío, John Brown. Su celo incansable, su elocuencia y perseverancia socavaron la fortaleza de los señores sureños. Lincoln y sus secuaces solo los siguieron cuando la