¿Quién no ha oído antes esta letanía? ¿Quién no conoce este estribillo invariable de todos los políticos?
Que la masa sangra, que es robada y explotada, lo sé tan bien como nuestros buscadores de votos. Pero insisto en que no es el puñado de parásitos, sino la masa misma la que es responsable de este horrible estado de cosas. Se aferra a sus amos, ama el látigo y es la primera en gritar ¡Crucifícale! en cuanto se alza una voz de protesta contra la santidad de la autoridad capitalista o cualquier otra institución carcomida.
Sin embargo, ¿cuánto tiempo existirían la autoridad y la propiedad privada si no fuera por la disposición de la masa a convertirse en soldados, policías, carceleros y verdugos?
Los demagogos socialistas lo saben tan bien como yo, pero sostienen el mito de las virtudes de la mayoría, porque su propio plan de vida implica la perpetuación del poder. ¿Y cómo podría adquirirse este último sin números?
Sí, el poder, la autoridad, la coerción y la dependencia descansan en la masa, pero nunca la libertad, nunca el libre desarrollo del individuo, nunca el nacimiento de una sociedad libre.
No porque no sienta empatía por los oprimidos, los desheredados de la tierra; no porque no conozca la vergüenza, el horror, la indignidad de las vidas que lleva la gente, repudio a la mayoría como fuerza creadora para el bien. ¡Oh, no, no! Sino porque sé muy bien que como masa compacta nunca ha defendido la justicia ni la igualdad. Ha reprimido la voz humana, domeñado el espíritu humano, encadenado el cuerpo humano. Como masa, su objetivo siempre ha sido hacer la vida uniforme, gris y monótona como el desierto. Como masa, será siempre la aniquiladora de la individualidad, de la libre iniciativa, de la originalidad. Por ello creo, junto con Emerson, que «las masas son crudas, cojas, perniciosas en sus demandas e influencia, y no necesitan ser aduladas, sino aleccionadas. No