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nydus/Anarchism and Other EssaysPublic
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El sufragio femenino

Por el contrario, insisten siempre en que será el sufragio femenino el que la convierta en una mejor cristiana y ama de casa, en una firme ciudadana del Estado. Así, el sufragio es solo un medio para fortalecer la omnipotencia de los mismos Dioses a los que la mujer ha servido desde tiempos inmemoriales.

¿Qué maravilla, pues, que sea tan devota, tan entusiasta, tan postrada ante el nuevo ídolo, el sufragio femenino?

Como antaño, ella soporta la persecución, el encarcelamiento, la tortura y todas las formas de condena, con una sonrisa en los labios.

Como antaño, hasta los más esclarecidos esperan un milagro de la deidad del siglo veinte: el sufragio. Vida, felicidad, alegría, libertad, independencia... todo eso, y más, ha de brotar del sufragio.

En su devoción ciega, la mujer no ve lo que las personas de intelecto percibieron hace cincuenta años: que el sufragio es un mal, que solo ha contribuido a esclavizar al pueblo, que no ha hecho más que cerrarle los ojos para que no vea cuán mañosamente se le hizo someterse.

La demanda de la mujer por el sufragio igualitario se basa en gran medida en el argumento de que la mujer debe tener el mismo derecho en todos los asuntos de la sociedad. Nadie podría, posiblemente, refutar eso, si el sufragio fuera un derecho. ¡Ay de la ignorancia de la mente humana, que es capaz de ver un derecho en una imposición!

¿O acaso no es la más brutal de las imposiciones que un grupo de personas dicte leyes que otro grupo se vea obligado a obedecer por la fuerza? Y, sin embargo, la mujer clama por esa «oportunidad de oro» que tanto sufrimiento ha causado en el mundo, y que ha despojado al hombre de su integridad y autosuficiencia; una imposición que ha corrompido profundamente al pueblo y lo ha convertido en presa fácil en manos de políticos sin escrúpulos.

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