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La hipocresía del puritanismo

El último ultraje está representado por la Ley Page, que impone a Nueva York el terrible fracaso y crimen de Europa; a saber, el registro y la segregación de las desafortunadas víctimas del puritanismo.

De manera igualmente estúpida, el pururismo busca frenar el terrible flagelo de su propia creación: las enfermedades venéreas. Lo más desalentador es que este espíritu de obtusidad intransigente ha envenenado incluso a nuestros autodenominados liberales, y los ha cegado hasta el punto de unirse a la cruzada contra aquello mismo que nace de la hipocresía del puritanismo: la prostitución y sus consecuencias.

Con ciega obstinación, el puritanismo se niega a ver que el verdadero método de prevención es aquel que deja claro para todos que «las enfermedades venéreas no son algo misterioso o terrible, el castigo por el pecado de la carne, una especie de mal vergonzoso estigmatizado por la maldición purista, sino una enfermedad común que puede ser tratada y curada».

Por sus métodos de oscuridad, disfraz y ocultamiento, el puritanismo ha propiciado condiciones favorables para el crecimiento y la propagación de estas enfermedades.

Su intolerancia se demuestra una vez más de la manera más sorprendente con la actitud absurda respecto al gran descubrimiento del prof. Ehrlich, con la hipocresía que encubre la importante cura de la sífilis mediante alusiones vagas a un remedio para «cierto veneno».

La capacidad casi ilimitada del puritanismo para el mal se debe a su atrincheramiento tras el Estado y la ley. Bajo el pretexto de salvaguardar al pueblo contra la «inmoralidad», ha impregnado la maquinaria del gobierno y ha sumado a su usurpación de la tutela moral la censura legal de nuestras opiniones, sentimientos y hasta de nuestra conducta.

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