y que la vida a su lado significaría una degradación absoluta y sería fatal para una posible descendencia. En su desesperación, acudió al compañero de su juventud, el joven pastor Manders quien, como verdadero salvador de almas para el cielo, debía mostrarse indiferente ante las necesidades terrenales. Él la devolvió a la vergüenza y a la degradación: a sus deberes para con el marido y el hogar. En efecto, la felicidad —para él— no era sino la manifestación impía de un espíritu rebelde, y el deber de una esposa no era juzgar, sino «cargar con humildad la cruz que un poder superior, por vuestro propio bien, ha puesto sobre vosotras».
La señora Alving cargó con la cruz durante veintiséis largos años. No por amor al poder supremo, sino por su pequeño hijo Oswald, a quien ansiaba salvar de la atmósfera venenosa del hogar de su esposo.
También por amor al querido hijo sostuvo la mentira sobre la bondad de su padre, con una supersticiosa veneración por el «deber y el decoro». ¡Ay!, aprendió demasiado tarde que el sacrificio de su vida entera había sido en vano, y que su hijo Oswald sufría las consecuencias de los pecados de su padre, que estaba irremediablemente condenado.
Esto también lo aprendió: que «todos nosotros somos fantasmas. No es solo lo que hemos heredado de nuestro padre y nuestra madre lo que habita en nosotros. Son toda clase de ideas muertas y viejas creencias sin vida. No tienen vitalidad, pero se aferran a nosotros de todos modos y no podemos librarnos de ellas...».
Y entonces todos y cada uno de nosotros tenemos un miedo tan lamentable a la luz. Cuando me pusiste bajo el yugo que llamabas Deber y Obligación; cuando alabaste como correcto y apropiado lo que toda mi alma rechazaba por repugnante; fue entonces cuando empecé a examinar las costuras de tu doctrina. Solo quería deshacer un único nudo, pero cuando lo hube deshecho, todo lo demás se deshilachó. Y entonces comprendí que estaba todo cosido a máquina».