mismos mejores, más nobles, más grandiosos, más inteligentes que los seres vivos que habitan en cualquier otro punto. Es, por lo tanto, deber de todos los que viven en ese lugar elegido luchar, matar y morir en el intento de imponer su superioridad sobre todos los demás.
Los habitantes de los demás puntos razonan del mismo modo, por supuesto, con el resultado de que, desde la más tierna infancia, la mente del niño es envenenada con historias espeluznantes sobre los alemanes, los franceses, los italianos, los rusos, etcétera.
Cuando el niño llega a la edad adulta, está totalmente imbuido de la creencia de que ha sido elegido por el Señor mismo para defender SU país contra el ataque o la invasión de cualquier extranjero. Con ese propósito es por el que clamamos por un ejército y una armada más grandes, más acorazados y más municiones.
Con ese propósito es por el que América ha gastado en poco tiempo cuatrocientos millones de dólares. Pensemos en ello: cuatrocientos millones de dólares extraídos de la producción del PUEBLO.
Pues ciertamente no son los ricos quienes contribuyen al patriotismo. Ellos son cosmopolitas, como en su propia casa en cualquier tierra. Nosotros en América conocemos bien la verdad de esto. ¿Acaso nuestros ricos estadounidenses no son franceses en Francia, alemanes en Alemania o ingleses en Inglaterra? ¿Y no despilfarran con gracia cosmopolita fortunas acuñadas por niños de fábricas y esclavos del algodón estadounidenses?
Sí, suyo es el patriotismo que hará posible enviar mensajes de condolencia a un déspota como el zar ruso, cuando le ocurre cualquier desgracia, como hizo el presidente Roosevelt en nombre de SU pueblo, cuando Sergio fue castigado por los revolucionarios rusos.