En estas instituciones se quebranta su voluntad, se degrada su alma y se somete su espíritu mediante la monotonía mortal y la rutina de la vida carcelaria. En Ohio, Illinois, Pensilvania, Misuri y en el Sur, estos horrores se han vuelto tan flagrantes como para llegar al mundo exterior, mientras que en la mayoría de las otras prisiones siguen prevaleciendo los mismos métodos cristianos. Pero los muros de las prisiones rara vez permiten que escapen los gritos agonizantes de las víctimas; los muros de las prisiones son gruesos, amortiguan el sonido. La sociedad podría, con mayor impunidad, abolir todas las prisiones de una vez que esperar protección de estas cámaras de los horrores del siglo veinte.
Año tras año, las puertas de los infiernos penitenciarios devuelven al mundo a una tripulación humana emaciada, deformada, desprovista de voluntad y naufragada, con la marca de Caín en la frente, las esperanzas truncadas y todas sus inclinaciones naturales frustradas. > Sin más recibimiento que el hambre y la deshumanización, estas víctimas no tardan en reincidir en el crimen como la única posibilidad de existencia. No es en absoluto inusual encontrar a hombres y mujeres que han pasado la mitad de sus vidas —más aún, casi toda su existencia— en prisión. * Conozco a una mujer en Blackwell's Island que había entrado y salido treinta y ocho veces; * y a través de un amigo supe de un muchacho de die7cisiete años, a quien este había cuidado y atendido en la penitenciaría de Pittsburg, que jamás había conocido el significado