a una mujer por toda la eternidad porque se ha apartado del «camino de la virtud»; es decir, porque su primera experiencia sexual ha tenido lugar sin la sanción de la Iglesia.
La muchacha se siente una paria completa, con las puertas del hogar y de la sociedad cerradas en sus narices. Toda su formación y tradición es tal que la muchacha misma se siente depravada y caída, y por lo tanto no tiene dónde mantenerse en pie, ni ningún apoyo que la levante, en lugar de arrastrarla hacia abajo. Así, la sociedad crea las víctimas que después intenta vanamente eliminar. El hombre más vil, más depravado y decrépito aún se considera demasiado bueno para tomar por esposa a la mujer cuya gracia estuvo muy dispuesto a comprar, aun cuando con ello pudiera salvarla de una vida de horror. Tampoco puede ella recurrir a su propia hermana en busca de ayuda. En su estupidez, esta última se cree demasiado pura y casta, sin darse cuenta de que su propia posición es en muchos aspectos incluso más deplorable que la de su hermana de la calle.
"La esposa que se casó por dinero, en comparación con la prostituta", dice Havelock Ellis, "es el verdadero esquirol. A ella se le paga menos, da mucho más a cambio en trabajo y cuidados, y está absolutamente atada a su amo. La prostituta nunca cede el derecho sobre su propia persona, conserva su libertad y sus derechos personales, ni se ve siempre obligada a someterse al abrazo de un hombre."
Tampoco la mujer que se cree superior se da cuenta de la afirmación apologética de Lecky de que "aunque sea el tipo supremo del vicio, también es la más eficaz protectora de la virtud. De no ser por ella, los hogares felices se verían contaminados, y abundarían las prácticas antinaturales y dañinas".
Los moralistas están siempre dispuestos a sacrificar a la mitad del género humano en aras de alguna miserable institución que no pueden superar. De hecho, la prostitución no es en mayor medida una salvaguarda para la pureza del hogar de lo que las leyes rígidas lo son contra la prostitución.