mucho dinero. ¿Puede haber algo más indignante que la idea de que una mujer sana y madura, llena de vida y de pasión, deba negar las exigencias de la naturaleza, deba reprimir su anhelo más intenso, minar su salud y quebrantar su espíritu, deba limitar su visión, abstenerse de la profundidad y la gloria de la experiencia sexual hasta que un hombre «bueno» aparezca para tomarla para sí como esposa? Eso es precisamente lo que significa el matrimonio. ¿Cómo puede semejante acuerdo terminar de otro modo que no sea en el fracaso? Este es uno, aunque no el menos importante, de los factores del matrimonio que lo diferencia del amor.
El nuestro es un siglo práctico. El tiempo en que Romeo y Julieta desafiaron la ira de sus padres por amor, en que Gretchen se expuso a los corrillos de sus vecinos por amor, ha muerto.
Si, en raras ocasiones, los jóvenes se permiten el lujo del romance, los mayores se hacen cargo de ellos, los adoctrinan y machacan hasta volverlos «sensatos».