ante la barra. Ruth, su amada casada, llena de amor y devoción, arde en deseos de salvar al joven cuyo afecto provocó su actual apuro.
El joven es defendido por el abogado Frome, cuyo discurso ante el jurado es una obra maestra de profunda filosofía social enmarañada con los zarcillos de la comprensión y la simpatía humanas. No intenta disputar el mero hecho de que Falder haya alterado el cheque; y aunque aboga por la aberración temporal en defensa de su cliente, esa alegación se basa en una conciencia social tan profunda y abarcadora como las raíces de nuestros males sociales: «el telón de fondo de la vida, esa vida palpitante que siempre yace detrás de la comisión de un delito». Demuestra que Falder se vio ante la disyuntiva de ver a la mujer amada asesinada por su brutal esposo, de quien no puede divorciarse; o de tomar la justicia por su mano.
La defensa suplica al jurado que no convierta al débil joven en un criminal condenándolo a prisión, pues «la justicia es una máquina que, una vez que alguien le ha dado un empuje inicial, avanza rodando por sí sola... ¿Va a ser triturado este joven bajo esta máquina por un acto que, en el peor de los casos, fue de debilidad? ¿Va a convertirse en miembro de las desdichadas tripulaciones que tripulan esos barcos oscuros y malhadados llamados prisiones?... Les ruego, caballeros, que no arruinen a este joven. Pues como resultado de esos cuatro minutos, la ruina, total e irremediable, lo mira fijamente a la cara... El rodar de las ruedas del carro de la Justicia sobre este muchacho comenzó cuando se decidió procesarlo».
Pero el carro de la Justicia avanza implacable, porque —como dice el sabio Juez— «la ley es lo que es: un edificio majestuoso, que nos protege a todos, y en el que cada piedra descansa sobre otra».
Falder es condenado a tres años de trabajos forzados.
En la prisión, el joven e inexperto recluso pronto se ve a sí mismo convertido en víctima del terrible «sistema». Las autoridades admiten