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Francisco Ferrer y la Escuela Moderna

Pero entonces, ¿no se han forjado sus grilletes tan profundamente en su carne, que no los rompería, ni aun pudiendo? El pavor a la autoridad, a la ley, a la propiedad privada, grabado a fuego centuplicado en su alma—¿cómo ha de desprenderse de él sin preparación, de manera imprevista?

¿Puede alguien suponer por un momento que un hombre como Ferrer se habría afiliado a un esfuerzo tan espontáneo y desorganizado?

¿No habría sabido que aquello resultaría en una derrota, una derrota desastrosa para el pueblo? ¿Y no es más probable que, de haber tomado parte, él, el experimentado EMPRESARIO, habría organizado a fondo el intento?

Si faltaran todas las demás pruebas, ese único factor bastaría para exculpar a Francisco Ferrer. Pero hay otras igualmente convincentes.

Para la misma fecha del estallido, el veinticinco de julio, Ferrer había convocado una conferencia con sus maestros y miembros de la Liga de Educación Racional. Su propósito era debatir el trabajo de otoño y, en particular, la publicación del gran libro de Élisée Reclus, L'HOMME ET LA TERRE, y LA GRAN REVOLUCIÓN FRANCESA, de Piotr Kropotkin.

¿Es acaso probable, es en absoluto plausible que Ferrer, al tanto de la sublevación y siendo parte de ella, invitara a sangre fría a sus amigos y colegas a Barcelona para el día en que sabía que sus vidas correrían peligro?

Sin duda, solo la mente criminal y perversa de un jesuita podría dar crédito a un asesinato tan premeditado.

Francisco Ferrer tenía su obra vital trazada; tenía todo que perder y nada que ganar, salvo la ruina y el desastre, si prestaba ayuda al estallido. No es

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