Analizar la psicología de la violencia política no solo es sumamente difícil, sino también muy peligroso.
Si tales actos se tratan con comprensión, se le acusa a uno inmediatamente de hacer su apología. Si, por otra parte, se expresa simpatía humana hacia el ATTENTATER,1 se corre el riesgo de ser considerado un posible cómplice.
Sin embargo, solo la inteligencia y la compasión pueden acercarnos a la fuente del sufrimiento humano y enseñarnos la vía definitiva para salir de él.
El hombre primitivo, ignorante de las fuerzas naturales, temía su acercamiento y se escondía de los peligros que amenazaban.
A medida que el hombre aprendió a comprender los fenómenos de la Naturaleza, se dio cuenta de que, aunque estos puedan destruir la vida y causar grandes pérdidas, también traen alivio.
Para el estudiante sincero debe ser evidente que las fuerzas acumuladas en nuestra vida social y económica, que culminan en un acto político de violencia, son similares a los terrores de la atmósfera, manifestados en la tormenta y el relámpago.
Para apreciar a fondo la verdad de este punto de vista, es necesario sentir intensamente la indignación de nuestros males sociales; el propio ser debe palpitar con el dolor, la pena y la desesperación que millones de personas se ven obligadas a soportar diariamente.