Y de nuevo Havelock Ellis, aunque no tan categórico al tratar la causa económica, se ve no obstante obligado a admitir que esta es, directa e indirectamente, la causa principal. Así, observa que un gran porcentaje de prostitutas se recluta entre la clase de las criadas, a pesar de que estas últimas disfrutan de mayor bienestar y mayor seguridad.
Por otra parte, el señor Ellis no niega que la rutina diaria, la monotonía y el trabajo fatigoso de la suerte de la empleada doméstica, y especialmente el hecho de que jamás pueda participar de la compañía y la alegría de un hogar, no son un factor menor para empujarla a buscar la recreación y el olvido en la algarabía y el brillo de la prostitución.
En otras palabras, la empleada doméstica, al ser tratada como una bestia de carga, al no tener nunca derecho a disponer de sí misma y al estar agotada por los caprichos de su ama, solo puede encontrar una vía de escape, al igual que la obrera de fábrica o de tienda, en la prostitución.
El aspecto más divertido de la cuestión que ahora se debate ante el público es la indignación de nuestra "buena y respetable gente", en especial los diversos caballeros cristianos, a quienes siempre se encuentra en las primeras filas de toda cruzada.
¿Es que ignoran absolutamente la historia de la religión, y en especial de la religión cristiana? ¿O es que esperan cegar a la generación actual respecto al papel desempeñado en el pasado por la Iglesia en relación con la prostitución?
Cualquiera que sea su motivo, deberían ser los últimos en clamar contra las desafortunadas víctimas de hoy, puesto que para cualquier estudiante inteligente es sabido que la prostitución es de origen religioso, mantenida y fomentada durante muchos siglos, no como una vergüenza sino como una virtud, aclamada como tal por los propios Dioses.
Parece ser que el origen de la prostitución ha de encontrarse principalmente en una costumbre religiosa; la religión, la gran