pequeño porcentaje en los salarios no se ve sobradamente compensado por la enorme cantidad de impuestos recaudados al público en general para sufragar los gastos incurridos a causa de un sistema de vicio, QUE ES EL RESULTADO DIRECTO, EN MUCHOS CASOS, DE LA INSUFICIENTE REMUNERACIÓN DEL TRABAJO HONESTO."1
Nuestros reformadores actuales harían bien en consultar el libro del Dr. Sanger. Allí descubrirán que, de 2000 casos bajo su observación, muy pocos provenían de las clases medias, de condiciones bien ordenadas o de hogares agradables.
La gran mayoría, con muchísima diferencia, eran chicas y mujeres trabajadoras; unas empujadas a la prostitución por pura necesidad, otras a causa de una vida hogareña cruel y desgraciada, y otras más debido a naturalezas físicas frustradas y atrofiadas (de las cuales hablaré más adelante).
Asimismo, a los defensores de la pureza y la moralidad les vendrá bien saber que, de dos mil casos, 490 eran mujeres casadas, mujeres que vivían con sus maridos. Evidentemente, no había una gran garantía para su «seguridad y pureza» en la santidad del matrimonio.2
El Dr. Alfred Blaschko, en PROSTITUTION IN THE NINETEENTH CENTURY, es aún más enfático al caracterizar las condiciones económicas como uno de los factores más vitales de la prostitución.
"Aunque la prostitución ha existido en todas las épocas, correspondía al siglo XIX desarrollarla hasta convertirla en una gigantesca institución social. El desarrollo de la industria con vastas masas de personas en el mercado competitivo, el crecimiento y la congestión de las grandes ciudades, la inseguridad y la incertidumbre del empleo, le han dado a la prostitución un impulso jamás imaginado en ningún periodo de la historia humana".