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La tragedia de la emancipación de la mujer

En una ocasión señalé que parecía haber una relación más profunda entre la madre y anfitriona a la antigua, siempre alerta a la felicidad de sus pequeños y al bienestar de quienes amaba, y la mujer verdaderamente nueva, que entre esta última y su hermana emancipada promedio. Los discípulos de la emancipación pura y simple me declararon pagana, apta únicamente para la hoguera. Su celo ciego no les dejó ver que mi comparación entre lo viejo y lo nuevo era meramente para demostrar que un buen número de nuestras abuelas tenían más sangre en las venas, mucho más humor y agudeza, y ciertamente una mayor dosis de naturalidad, bondad y sencillez, que la mayoría de nuestras mujeres profesionales emancipadas que llenan los colegios, las salas de estudio y diversas oficinas. Esto no significa un deseo de regresar al pasado, ni tampoco condena a la mujer a su antigua esfera, la cocina y la guardería.

La salvación radica en una enérgica marcha hacia adelante, hacia un futuro más brillante y claro. Necesitamos un crecimiento sin trabas que nos saque de las viejas tradiciones y hábitos. El movimiento por la emancipación de la mujer apenas ha dado hasta ahora el primer paso en esa dirección. Es de esperar que cobre fuerza para dar otro. El derecho al voto, o los derechos civiles en igualdad, pueden ser buenas demandas, pero la verdadera emancipación no comienza ni en las urnas ni en los tribunales. Comienza en el alma de la mujer. La historia nos enseña que toda clase oprimida ha obtenido la verdadera liberación de sus amos a través de sus propios esfuerzos. Es necesario que la mujer aprenda esa lección, que comprenda que su libertad llegará tan lejos como alcance su poder para lograr su libertad. Por lo tanto, es mucho más importante que comience por su regeneración interior, que se desprenda del peso de los prejuicios, las tradiciones y las costumbres.

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