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PRISIONES: UN CRIMEN SOCIAL Y UN FRACASO

El mismo hombre añadió: «La religión roba al alma su independencia; el patriotismo es el culto estúpido al mundo por el cual el bienestar y la paz de los habitantes fueron sacrificados por aquellos que se benefician de él, mientras que las leyes del país, al reprimir los deseos naturales, hacían la guerra al espíritu manifiesto de la ley de nuestros seres». En comparación con esto, concluyó: «El robo es una ocupación honorable».

De cierto, hay mayor verdad en esta filosofía que en todos los libros de leyes y moral de la sociedad.

Siendo los factores económicos, políticos, morales y físicos los microbios del crimen, ¿cómo afronta la sociedad la situación?

Los métodos para hacer frente al delito han experimentado sin duda varios cambios, pero principalmente en un sentido teórico. En la práctica, la sociedad ha conservado el motivo primitivo al tratar con el infractor; es decir, la venganza. También ha adoptado la idea teológica; a saber, el castigo; mientras que los métodos legales y "civilizados" consisten en la disuasión o el terror, y la reforma. Veremos enseguida que los cuatro modos han fracasado por completo y que hoy no estamos más cerca de una solución que en la Edad Media.

El impulso natural del hombre primitivo de devolver el golpe, de vengar una ofensa, está anticuado. En su lugar, el hombre civilizado, despojado de valor y audacia, ha delegado en una maquinaria organizada el deber de vengar sus ofensas, bajo la necia creencia de que el Estado está justificado para hacer lo que él ya no tiene la hombría ni la consecuencia de hacer.

La majestad de la ley es algo racional; no se rebajaría a los instintos primitivos. Su misión es de naturaleza "superior". Es cierto que aún está sumida en la confusión teológica, que proclama el castigo como medio de purificación o como expiación vicaria del pecado. Pero legal y socialmente, el estatuto aplica el castigo no solo como la imposición de un dolor al infractor, sino también por su efecto aterrador sobre los demás.

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