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Francisco Ferrer y la Escuela Moderna

La experiencia ha llegado a considerarse la mejor escuela de la vida. El hombre o la mujer que no aprende alguna lección vital en esa escuela es considerado poco menos que un tonto. Sin embargo, por extraño que parezca, aunque las instituciones organizadas sigan perpetrando errores, aunque no aprendan nada de la experiencia, lo aceptamos con total naturalidad.

Vivía y trabajaba en Barcelona un hombre llamado Francisco Ferrer. Era un maestro de niños, conocido y amado por su pueblo.

Fuera de España, solo la minoría culta conocía la obra de Francisco Ferrer. Para el mundo en general, este maestro no existía.

El primero de septiembre de 1909, el gobierno español —a instancias de la Iglesia católica— arrestó a Francisco Ferrer. El trece de octubre, tras un simulacro de juicio, fue colocado en el foso de la prisión de Montjuich, contra el hediondo muro de los muchos suspiros, y fusilado.

Al instante, Ferrer, el oscuro maestro, se convirtió en una figura universal, que encendió la indignación y la ira de todo el mundo civilizado contra aquel asesinato gratuito.

El asesinato de Francisco Ferrer no fue el primer crimen cometido por el gobierno español y la Iglesia Católica. La historia de estas instituciones es un largo caudal de fuego y sangre. Aun así, no han aprendido de la experiencia, ni han llegado a comprender que cada ser frágil asesinado por la Iglesia y el Estado crece y se convierte en un gigante poderoso, que algún día liberará a la humanidad de su peligroso dominio.

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