El educador individual imbuido de honestidad en sus propósitos, el artista o escritor de ideas originales, el científico o explorador independiente, los pioneros intransigentes de los cambios sociales son acorralados a diario por hombres cuyo saber y capacidad creativa se han vuelto decrépitos con la edad.
Los educadores del tipo de Ferrer no son tolerados en ninguna parte, mientras que los dietistas de alimento predigerido, al estilo de los profesores Eliot y Butler, son los exitosos perpetuadores de una era de don nadie, de autómatas.
En el mundo literario y dramático, los Humphrey Ward y los Clyde Fitch son los ídolos de las masas, mientras que muy pocos conocen o aprecian la belleza y el genio de un Emerson, un Thoreau, un Whitman; de un Ibsen, un Hauptmann, un Butler Yeats o un Stephen Phillips. Son como estrellas solitarias, mucho más allá del horizonte de la multitud.
Los editores, los empresarios teatrales y los críticos no piden la calidad inherente al arte creativo, sino: ¿se venderá bien?, ¿se adaptará al paladar del pueblo?
Ay, este paladar es como un vertedero; saborea cualquier cosa que no requiera masticación mental.
Como resultado, lo mediocre, lo ordinario, lo corriente representa la principal producción literaria.
¿Hace falta decir que en el arte nos enfrentamos a los mismos tristes hechos? No hay más que inspeccionar nuestros parques y vías públicas para percatarse de la atrocidad y la vulgaridad de la producción artística industrial. Ciertamente, solo el gusto de las mayorías toleraría semejante ultraje al arte. Falsa en su concepción y bárbara en su ejecución, la