"No es por este pequeño instante de tiempo por el que luchamos, no por nuestros propios cuerpecitos y su calor; es por todos los que vienen después, por todos los tiempos. Oh, hombres, por el amor a ellos no levantéis otra piedra sobre sus cabezas, no ayudéis a oscurecer el cielo. Si podemos hacer temblar a ese monstruo de rostro pálido y labios sangrientos que ha chupado la vida de nosotros mismos, de nuestras esposas y de nuestros hijos, desde que el mundo comenzó, si no tenemos el valor de los hombres para plantarle cara, pecho contra pecho y ojo contra ojo, y empujarlo hacia atrás hasta que pida misericordia, seguirá chupando la vida, y nos quedaremos para siempre donde estamos, menos que los propios perros."
Es inevitable que el compromiso y los intereses mezquinos sigan su curso y dejen atrás a dos gigantes semejantes. Inevitable, hasta que la voluntad de las masas alcance la estatura de un David Roberts. ¿Lo hará algún vez?
La profecía no es la vocación del dramaturgo, pero la lección moral es evidente. Uno no puede evitar percatarse de que los trabajadores tendrán que utilizar métodos hasta ahora desconocidos para ellos; que tendrán que desechar de entre ellos a todos aquellos elementos siempre dispuestos a conciliar lo irreconciliable, a saber, el Capital y el Trabajo.
Tendrán que aprender que personajes como David Roberts son precisamente las fuerzas que han revolucionado el mundo y abierto así el camino hacia la emancipación de las garras de ese «monstruo de rostro pálido y labios sangrientos», hacia un horizonte más brillante, una vida más libre y un reconocimiento más profundo de los valores humanos.
Ningún tema de igual importancia social ha recibido tan amplia consideración en los últimos años como la cuestión de la prisión y el castigo.
Apenas hay revista de importancia que no haya consagrado sus columnas al debate de este tema vital.