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El patriotismo: Una amenaza para la libertad

encuentran totalmente incapacitados para sus ocupaciones anteriores. Habiendo adquirido hábitos de ociosidad y un gusto por la emoción y la aventura, ninguna ocupación pacífica puede contentarlos. Licenciados del ejército, no pueden volverse hacia ningún trabajo útil. Pero suele ser la morralla social, los presos liberados y similares, a quienes la lucha por la vida o su propia inclinación empuja a las filas. Estos, terminado su período militar, vuelven de nuevo a su vida anterior de crimen, más embrutecidos y degradados que antes. Es un hecho bien conocido que en nuestras prisiones hay un buen número de exsoldados; mientras que, por otra parte, el ejército y la armada se nutren en gran medida de exconvictos.

De todos los resultados perniciosos que acabo de describir, ninguno me parece tan perjudicial para la integridad humana como el espíritu que el patriotismo ha generado en el caso del soldado raso William Buwalda. Por haber creído neciamente que uno puede ser soldado y ejercer sus derechos como hombre al mismo tiempo, las autoridades militares lo castigaron severamente.

Es verdad que había servido a su país durante quince años, periodo en el cual su expediente fue intachable. Según el general Funston, quien redujo la sentencia de Buwalda a tres años, «el primer deber de un oficial o de un soldado alistado es la obediencia indiscutible y la lealtad al gobierno, y no importa si aprueba o no a dicho gobierno».

Así es como Funston marca el verdadero carácter de la lealtad. Según él, el ingreso en el ejército anula los principios de la Declaración de Independencia.

¡Qué extraña evolución del patriotismo la que convierte a un ser pensante en una máquina leal!

Para justificar esta indignante sentencia contra Buwalda, el general Funston dice al pueblo estadounidense que la acción del soldado fue un

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